No es una reconstrucción calmada ni una reflexión a posteriori. Es un texto que se va escribiendo mientras las cosas suceden, mientras las decisiones se toman sin margen, mientras el tiempo se fragmenta en visitas, llamadas, informes, esperas y silencios.
El libro atraviesa la paternidad cuando deja de ser un concepto y se convierte en una responsabilidad constante, sostenida en contextos adversos, emocionales, legales y vitales. No narra un conflicto cerrado: convive con él.
Está construido a partir de fragmentos, escenas y capítulos que no siguen una continuidad narrativa clásica. No porque falte estructura, sino porque la experiencia que retrata no la tiene.
La repetición, el cansancio, la espera y la sensación de no avanzar forman parte del propio relato.